El Tláloc rojo

Es raro encontrarse un día en el Jardín de la Libertad de los Pueblos. Dudo que haya alguien que vaya ahí, a la esquina de 20 de Noviembre y Nezahualcoyotl, en el Centro de la Ciudad de México, expresamente a un tal Jardín de la Libertad de los Pueblos.
Pienso que quien camine por esos rumbos probablemente busque cualquier cosa menos la estatua de Ho Chi Minh.
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La terquedad como técnica III (Opción múltiple)
Nunca hubiera pensado hace años que iba a trabajar como escenógrafo algún dia. Ahora que lo pienso, nunca me imaginé haciendo ninguno de los oficios en los que he trabajado estos últimos 10 años. Paleógrafo. Recepcionista de hotel. Guía de museo. Reportero de nota roja…
Si de experimentar se trata no sólo de trabajos se puede hablar. Se pueden hacer intentos con ciertos procedimientos o métodos, sobre todo aquellos que son propiciados por agentes externos.
Soy un mal junkie. Lo descubrí en un rush de 4 días para entregar esta pieza. Montones de ideas cruzaron por mi cabeza, imposibilitadas por la pereza que se amontonaba en mi cuerpo; si acaso algún leve trazo, una breve pincelada y era todo. El alcohol funcionó mejor al segundo y tercer día, pero al llegar la ebriedad el sueño me aplastaba en mi silla. Al finalizar el cuarto día la labor era un frenesí de más de 8 horas, auspiciado por la cafeína y las bebidas energéticas. Siempre lo he dicho: nada como la farmacia de la vieja escuela.
Quizá no soy lo suficientemente hippie para creer en las propiedades creativas de las drogas.
La terquedad como técnica II (El verano del cohete)
Un día tuve que pintar sobre una base rugosa: un costal. Olvidemos si fue o no una obligación. Nada lo es en realidad. Normalmente la textura es algo que no me agrada mucho en una obra pictórica, sería para mí como para los cafeinómanos puristas el hecho de beber café con leche.
Acababa de leer “Crónicas marcianas” de Bradbury y yo sólo imaginaba cohetes en todos lados incluso en ese costal de café, que quizá era más digno de portar algunos alcatraces o girasoles que tanto les gustan a los paseantes de los “corredores de arte” dominicales.
Pero uno es terco.
La terquedad como técnica I (Gang bang dream team)
La obligación o la imposición de una tarea atormenta a muchos, sobre todo si la tarea se entromete con la creación (en el caso de que uno pretenda hacer arte, sea cual sea su rama). Durante mi época de estudiante traté de ver lo anterior como una oportunidad para intentar algo que en cualquier otro momento y por cualquier otra razón me hubiera negado a hacer por iniciativa propia. No detallaré lo conservadora de mi enseñanza, ni trataré de indagar en las causas del sistema académico que viví/padecí, pero hubo ciertas asignaturas dignas de una escuela de arte a la que podrían asistir mis tías (sin agraviar a las mujeres maduras).
Así el asunto, un día hice un bodegón y (terquedad de por medio) lo hice a mi manera. Porque si no es con terquedad entonces, ¿cómo se sale uno con la suya?
Un juego de doble sentido con las frutas, nombres de celebridades sexuales y un leve homenaje a los expresionistas abstractos de fondo. Finalmente pude decir que hice un bodegón alguna vez en mi vida. No el más bello, pero mío.
“Plegarias orientales” es el título tentativo de este boceto. Se suma a los múltiples retratos que hago y probablemente termine en un formato mayor.
La idea es sencilla, utilicé como base mi signo zodiacal chino (el gallo), para insertar dicha simbología en el rostro de un hombre. El resto son ornamentos y un pequeño verso lúdico que clama por el año del gallo próximo a llegar: una plegaria.
“Trilogía del desastre” es un grabado hecho para el proyecto colectivo ”Grabado Casero”, convocado por el artista visual torreonense Norberto Treviño. La pieza, realizada en linóleo, representa lo que para mí conforma todo suceso lamentable: a) deseo desmedido, b) materialización desbordada y c) el arrepentimiento y/o lamentación. Puse como ejemplo las lluvias. El deseo a veces atrae una materialización excesiva de las cosas y termina ocasionando más daño que beneficio.
Milky way, hecho en óleo sobre madera, comenzó (al igual que casi todo mi trabajo visual) como un experimento del que sólo se vislumbra una leve idea al momento de su concepción. Sabes lo que quieres hacer, pero no sabes si lo que que tienes (la técnica, el material, la idea misma) es o será lo suficientemente bueno y/o consistente para llevar a buen fin dicha imagen mental.
Finalmente, lo maravilloso del arte visual (de la pintura en particular) es que es un niño terco que siempre acabará tomando su rumbo sin importar los regaños o recomendaciones de su tutor. Milky way es (grosso modo): un niño perdido, casi fantasmal, que aparece a un costado del cartón de leche; recordándonos que incluso lo puro tiene su lado trágico.
Pin up camionero pertenece a una serie de grabados que realicé en alusión a un poema de Juan Antonio di Bella del mismo nombre. Por aquella época me topé con la obra del narrador/poeta cuando me encontraba realizando una tesis sobre escritores de la frontera norte del país. Tiempo después, cuando realizaba una serie de grabados, complementé dicha idea basándome también en las calcas con formas de siluetas femeninas, que engalanan a los tráilers que circulan por las carreteras mexicanas.
Las impresiones fueron hechas en monotipo y (por razones misteriosas) solo sobreviven dos. Esta es una de ellas.
En Marzo de este año, la cartonera número 50 salió a la luz de la mano de su editora-creadora-patrona Mónica Álvarez Herrasti, quien concretó la idea de realizar una editorial dedicada a difundir la obra de artistas plásticos.
Es un honor para mí que Mónica haya puesto su ojo en Pétalos sobre una rama mojada para que formara parte de los 5 primeros libros editados.
“I’m not here, this isn’t happening…” (pásame los 55)
Había un accidente alrededor. Dos lesionados, un coche aplastado. Un restaurante ambulante que no serviría más comida a los trabajadores del parque industrial que rodeaba la escena.
Había un cielo azul inmenso… el sol bañaba con su luz cada cosa sobre el suelo, hacía calor como se supone debe hacer cualquier mañana de verano. Nada se salvaba. Al igual que todo lo que se encontraba, minutos antes, en la azarosa trayectoria de la titánica mole con ruedas.
Un conductor descuidado. Dos cocineros desprevenidos. Mirones grabando y fotografiando todo con sus teléfonos celulares ¿Qué más?
Ah sí, el coche abandonado…
El coche azul, el cielo azul tan grande sobre nuestras cabezas, y el sol… iluminando todo lo que se alcanzaba a ver.
Había un desastre. Un hermoso desastre.
¿Qué quieres hacer ahora?
¿Quieres saltar y probar si puedes salir volando de una vez por todas de aquí?
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